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Prólogo (Yves Zimmermann)
Felipe Ibáñez es diseñador gráfico. Y
ha escrito este libro. Afirmar semejante obviedad sólo es para
señalar otra: los diseñadores gráficos tienen
poca o nula relación con la lectura, con la palabra y menos
aún con la escritura. Naturalmente que los hay que han escrito
libros sobre temas relacionados con el diseño, y muy interesantes
y pedagógicos; lo que aquí se quiere decir es que la
gran masa de estudiantes de diseño y de diseñadores
profesionales no lee, al menos literatura profesional. Esta no es
una afirmación gratuita. Si se comparan los decenas de miles
de estudiantes de diseño que se "producen" cada año
en las universidades de España, Argentina, México, Centro- y Sudamérica,
más los diseñadores profesionales que hay en todo el
mundo hispano-parlante, con el ridículo número de ejemplares
de libros profesionales que se venden, semejante afirmación
puede perfectamente sostenerse y no es exagerada.
Ahora bien, este libro de Felipe Ibáñez no es un libro
sobre diseño en el sentido de ser un libro profesional, que
discurre exclusivamente sobre asuntos relacionados con el diseño
y su ejercicio. A lo largo de estas páginas, el autor, armado
con una mirada creativamente crítica y con un afilado a la
vez que contundente verbo, se sale fuera del ámbito estricto
del diseño en bastantes de sus reflexiones para indagar en
temas y ámbitos que, aparentemente, nada tienen que ver con
éste. Y su mirada crítica siempre encuentra falsas apariencias
contra las que disparar sus afiladas palabras, contra aspectos de
la realidad o asuntos relativos al bien común, que merecen,
efectivamente, que se dispare contra ellos. Y dispara, no por afán
de destrucción ni por una particular afición a las armas,
sino, apoyado en una rigurosa posición ética, quiere
descubrir, revelar lo que yace debajo de las apariencias engañadoras.
Y a menudo en sus excursiones es capaz de retrotraer una u otra de
sus reflexiones para verlas desde la perspectiva del diseño.
Y si bien escribe juntando palabras como quien pone cartuchos en su
rifle o pistola, éstas no carecen nunca de ironía, humor
y de poesía.
Dice el autor que no escribe para enseñar, sino para aprender.
Esto es un buen punto de partida para escribir; un buen método
para conseguir una buena meta. Escribir afila el pensamiento, clarifica
lo que se observa. En cierta manera, escribir es pensar. Ojalá
hubiera más diseñadores que quisieran aprender así.
Escribir para aprender lo que no se sabe. Un caminar de y con palabras
para descubrir territorios que sólo se pueden explorar con
ellas para y hacerse comprensible lo que se percibe. Hay que decir,
de todos modos, que cuando lo caminado con las palabras ha producido
un conocimiento sobre lo que se buscaba, y que lo escrito-aprendido
se hace público, como es aquí el caso, inevitablemente
esto aprendido se convierte en (posible) enseñanza para otro,
para un lector, pese a que no fuera este el propósito del autor.
Aún más es así cuando, por propia necesidad esclarecedora,
hace un pormenorizado análisis en su escritura de lo que es
metodología o síntesis en el diseño, este aprendiz,
al hacer público lo aprendido, se convierte necesariamente
en enseñante.
Los temas que aborda Felipe en sus excursiones verbales fuera del
ámbito profesional, son muy variados. Como autor que cuida
y afila el habla, la palabra, elogia lógicamente el libro,
el soporte de la palabra escrita, soporte para la transmisión
del pasado, del conocimiento humano, pieza básica con la que
se construye el edificio de la Cultura. Esta voz del autor, que se
va forjando escribiendo, se eleva y se hace acérrima defensora
de la palabra, por lo que dispara en sus escritos verbos con certeza
contra todo que la amenaza, que la degrada, que la torna en mentira.
La televisión, esta productora de basura cotidiana, perfecto
instrumento de cretinización social, es una de las grandes
amenazas a la palabra y es obviamente diana de sus disparos verbales.
Quien comparte este criterio tiene que compartir necesariamente la
crítica que hace el autor a este medio. Uno se sorprende todavía
de leer cartas al director de un periódico u otro, quejándose
de los programas-basura en la televisión. ¿Acaso puede
ésta ser otra cosa? ¿No le dan las multimillionarias
audiencias la razón a su programada basura? Estos programas
siempre tienen su lenguaje correspondiente y que se transmite e infecta
a la audiencia que lo asume como propio, como "lo normal."
La confusión de las palabras, su mal uso, por no hablar de
los profesores de universidad, incapaces de escribir un texto sin
faltas, son moneda común hoy en día. Decididamente,
la analfabetización hace grandes progresos. Así, por
ejemplo, hace unos años se podía leer un titular en
una de las páginas de un periódico: "Camilo José
Cela fue embestido premio Nobel de literatura." El artículo
explicaba que fue una frase escrita por un chaval de 14 años.
No había leído un sólo libro en su vida y él
y sus padres sólo veían televisión.
(...)
La propia profesión también es diana de su crítica
mirada. Uno de los aspectos al que la dirige, y que siempre flota
en torno a cualquier discurrir sobre el diseño y su ejercicio,
es la relación que muchos quieren establecer, o que creen que
existe, entre éste y el arte. O sea, ser diseñador sería
ser artista, según ellos. Uno se pregunta, cuántos jóvenes
deciden estudiar diseño precisamente por esto, una profesión
concebida como "fácil" en la que uno puede expresar
"su talento artístico" y, sobre todo, es, piensan,
una profesión donde "no hay que pensar mucho." Creer
esto es engañarse a si mismo y el autor lo deja muy claro.
En este sentido coincide plenamente en su afirmación, que ambas
actividades no son comparables, con los autores-diseñadores
del libro "Arte¿?Diseño," (Colección
GG Diseño, Editorial Gustavo Gili, Barcelona) que, precisamente,
hacen idéntica reflexión cada uno sobre esta "eterna"
cuestión del diseño.
Para un lector crítico, el libro de Felipe Ibáñez
es atractivo por los ámbitos que abarcan sus excursiones críticas
y el buen nivel intelectual de sus discursos. No tiene una única
voz para todos los escritos que constituyen este libro. Ensaya diversos
estilos de narración, a veces escribe normal, mayúsculas
donde hay que ponerlas, a veces todo en minúsculas y alguna
vez como escribiría un semi-analfabeto. Y sus reflexiones no
están compuestas siempre con el mismo tipo de letra como suele
ser el caso en todos los libros. El diseñador hecho escribidor
vuelve a tener ojo de diseñador cuando contempla su escrito
como hecho visual, y al ser él el padre de su criatura le otorga
la tipografía que a él le parece ser la más adecuada
para transmitir al lector una dimensión adicional, visual-emocional,
diría, a lo que dicen y evocan las palabras.
Para un diseñador tiene, además, interés el libro
como objeto, por su interesante concepción de las páginas
que albergan sus discursos. La separación entre ellos es siempre
una imagen, pero cuando son varias consecutivas las que separan un
texto de otro, se convierten ellas mismas en discurso, en un relato
que cada lector interpretarás a su manera.
Este libro es, así, una suerte de obra total, contenedor y
contenido son obra de la misma mente. El decir y la forma del decir
adquieren en cada discurso una singular y potente unidad.
Me alegro que semejante libro se publique y ojalá que esta
voz singular de Felipe Ibáñez despierte e incite a otros
diseñadores de su misma generación a emprender este
mismo camino del aprendizaje mediante la escritura.
Yves
Zimmermann
Editado por Editorial Argonauta. Biblioteca de Diseño, dirigida por Daniel Wolkowicz
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